LA INVENTA DE MOREL
Oji, en esta isola, un miracle…La plantas de la isola…A du veses analoja…En la rocas on ave un fem…Tra des ‑sinco dias…Aora, la fem con la tela de testa…Lo ia es, denova, como si…Tota lo cual me ia scrive…Cuando me ia vide ce la colina…Me ia mostra me…Me teni un dato…Esta es un enferno…”Te per du” e ”Valensia”…Asta asi, un parla…Cuando me ia ariva a la teras basa…Me ia vinse mea repulsa…Cuando me va calmi…Prima, me ia funsiona la resetadores…Me vole esplica a me…

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Me ia mostra me, presensante un aresta brusca, la fini de mea confondes. Nun ia sta ala.

Me asomé, presintiendo una detención brusca, el fin de mis perplejidades. No había nadie.

Me ia asende la scalera, me ia avansa tra la coredores entre du niveles; de un de la cuatro balcones, entre folias oscur e un divinia en losa, me ia inclina supra la comeria.

Subí la escalera, avancé por los pasillos del entrepiso; desde uno de los cuatro balcones, entre hojas oscuras y una divinidad de barro cocido, me asomé sobre el comedor.

On ia ave aprosima un desduple de persones sentante a la table. Me ia imajina ce los es turistes zelandes o australian; lo ia pare a me ce los es instalada, ce los no va parti a alga tempo a pos.

Había algo más de una docena de personas sentadas a la mesa. Imaginé que serían turistas neozelandeses o australianos; me pareció que estaban instalados, que no iban a partir un rato después.

Me recorda bon: me ia vide la asembla, me ia compara lo a la turistes, me ia descovre ce los no pare tempora, e sola alora me ia pensa a Faustine. Me ia xerca ela con regarda, e me ia trova ela pronto. Me ia ave un surprende plasente: la barbida no ia senta a lado de Faustine; un joia corta: la barbida no ia es ala (ante ce me fida ela, me ia vide elo a fronte de Faustine).

Me acuerdo bien: vi el conjunto, lo comparé a los turistas, descubrí que no parecían de pasada y sólo entonces pensé en Faustine. La busqué, la encontré en seguida. Tuve una sorpresa benigna: el barbudo no estaba al lado de Faustine; una alegría precaria: el barbudo no estaba (antes de creer en ella, lo vi enfrente de Faustine).

La conversas ia pigri. Morel ia lansa la tema de la nonmortalia. On ia parla de viajas, de festas, de metodos (de nuri). Faustine e un fem joven blonde ia parla de remedias. Alec, un om joven, perfeta petenida, con tipo oriental e oios verde, ia atenta nara sur sua comersias de lanas, sin convinse o susede. Morel zeli se con un projeta de campo de bal o de tenis per la isola.

Las conversaciones eran lánguidas. Morel propuso el tema de la inmortalidad. Se habló de viajes, de fiestas, de métodos (de alimentación). Faustine y una muchacha rubia hablaron de remedios. Alec, un hombre joven, escrupulosamente peinado, con tipo oriental y ojos verdes, intentó narrar sus negocios de lanas, sin obstinación ni éxito. Morel se entusiasmó proyectando una cancha de pelota o una cancha de tenis para la isla.

Me ia conose pico plu la persones de la museo. A sinistra de Faustine on ia ave un fem – Dora? – blonde, risa, multe suriente, con un testa grande e lejera inclinada a ante, como un cavalo focosa. A la otra lado on ia ave un om joven, brun, con oios vivosa e suprasiles fronsida cargada con consentra e pelos. A pos, on ia ave un fem joven alta, con la peto cadente, brasos estrema longa e un espresa de desplase. Esta fem ia es nomida Irène. A pos, acel ci ia dise ja « esta no es la ora per la naras de fantasmas », a acel note cuando me ia asende la colina. Me no recorda la otras.

Conocí un poco más a la gente del museo. A la izquierda de Faustine había una mujer —¿Dora?— de pelo rubio, frisado, muy risueña, con la cabeza grande y ligeramente encorvada hacia adelante, como caballo brioso. Del otro lado tenía a un hombre joven, moreno, de ojos vivos y ceño cargado de concentración y de pelo. Después había una muchacha alta, con el pecho hundido, brazos extremadamente largos y expresión de asco. Esta mujer se llama Irene. Después, la que dijo «no es hora para cuentos de fantasmas», esa noche que subí a la colina. No recuerdo a los otros.

Cuando me ia es un xico, me ia jua con descovre cosas en la imajes de la libros: me ia es regardante los, e cosas ia veni e apare, sin fini. Me ia pasa un momento, noncontente, regardante la paneles con femes, tigres o gatos par Fujita.

Cuando era chico jugaba a los descubrimientos en las ilustraciones de los libros: las miraba mucho e iban apareciendo objetos, interminablemente. Estuve un rato, contrariado, mirando los paneles con mujeres, tigres o gatos de Fuyita.

La persones ia parti a la atrio. Tra multe tempo, con un teror nonmoderada – mea enemis ia sta en la atrio o en la sutera (la empleadas) – me ia desende la scalera de servi asta la porte ascondeda ultra la paravide. La cosa prima cual me ia vide ia es un fem ci ia es texente a lado de un de la calixes de alabastro; acel fem ci es nomida Irène e un otra, conversante; me ia continua xerca e con la peril de es descovreda, me ia vide Morel a un table, con sinco persones, juante con cartas; la fem joven ci ia sta dorsinte ia es Faustine; la table ia es peti, la pedes ia es agregante e me ia pasa alga minutos, cisa plu, nonsensante otra cosa, xercante serti esce la pedes de Morel e aceles de Faustine toca lunlotra. Esta ocupa deplorable ia desapare tota, sustituida par la teror cuando la fas roja e la oios multe ronda de un servor ia es regardante me a sua entra en la atrio. Me ia oia pasos. Me ia distanti corente. Me ia asconde entre la linias prima e du de colonas de alabastro, en la salon ronda, supra la acueria. Su me, pexes ia es nadante, pexes simil a los cual me ia estrae ja, putrida, a la dias de mea ariva.

La gente se fue al hall. Durante mucho tiempo, con demasiado terror —mis enemigos estaban o en el hall o en el sótano (el personal)— bajé por la escalera de servicio hasta la puerta escondida detrás del biombo. Lo primero que vi fue a una mujer que tejía cerca de uno de los cálices de alabastro; a esa mujer que se llama Irene y a otra, dialogando; busqué más y con peligro de ser descubierto vi a Morel en una mesa, con cinco personas, jugando a las cartas; la muchacha que estaba de espaldas era Faustine; la mesa era chica, los pies estaban aglomerados y pasé unos minutos, quizá muchos, insensible a todo, queriendo averiguar si los pies de Morel y los de Faustine se tocaban. Esta lamentable ocupación desapareció completamente, fue sustituida por el horror que me dejaron la cara roja y los ojos muy redondos de un sirviente que estuvo mirándome y entró en elhall. Oí pasos. Me alejé corriendo. Me escondí entre la primera y segunda filas de columnas de alabastro, en el salón redondo, sobre el acuario. Debajo de mí nadaban peces idénticos a los que había sacado podridos en los días de mi llegada.

Cuando me ia es ja calma, me ia prosimi la porte. Faustine, Dora – sua visina de table – e Alec ia asende la scalera. Faustine ia move con lentia studiada. Per acel corpo sin fini, per acel gamas tro longa, per acel sensosia asurda, me ia risca perde la calmia, la universo, la recordas, la ansia tan vivosa, la ricia de la conose de la mareas e de alga radises nonosiva.

Ya tranquilo, me acerqué a la puerta. Faustine, Dora —su compañera de mesa — y Alec subían la escalera. Faustine se movía con estudiada lentitud. Por ese cuerpo interminable, por esas piernas demasiado largas, por esa tonta sensualidad, yo exponía la calma, el Universo, los recuerdos, la ansiedad tan vívida, la riqueza de conocer las costumbres de las mareas y más de una raíz inofensiva.

Me ia segue los. Subita, los ia entra en un sala. A ante, me ia encontra un porte abrida, un sala luminada e vacua. Me ia entra ala con multe cautia. Sin duta, algun ci ia es ala ia oblida oscuri la lus. La aspeta de la sala e de la table de cura personal, la asentia de libros, de vestes, de cualce desordina, ia es confirmante ce nun abita lo.

Los seguí. De improviso, entraron en un cuarto. Enfrente encontré una puerta abierta, un cuarto iluminado y vacío. Entré con mucha cautela. Sin duda, alguien que habría estado allí se olvidó de apagar la luz. El aspecto de la cama y de la mesa de toilette, la falta de libros, de ropa, del más leve desorden, garantizan que nadie lo habitaba.

Me ia noncuieti cuando la otra abitores ia vade a sua salas. Me ia oia la pasos en la scalera e me ia vole oscuri mea lus, ma lo ia es nonposible: la comutador ia es blocida. Me no ia insiste. Un lus oscurinte se en un sala vacua ia ta pote atrae atende.

Estuve inquieto cuando los otros moradores del museo pasaron a sus cuartos. Oí los pasos en la escalera y quise apagar mi luz, pero fue imposible: la llave se había atrancado. No insistí. Hubiera llamado la atención una luz apagándose en un cuarto vacío.

Si lo no ia es per acel comutador, cisa me ia ta reposa per dormi, convinseda par la fatiga, par la cuantia de luses cual me ia vide oscurinte tra la fesures de la portes (e par la cuietia cual ia es donada a me par la presentia de la fem con la testa grande en la sala de Faustine!). Me ia previde ce si algun vade a pasa tra la coredor, el ta entra en mea sala per oscuri la lus (la restante de la museo ia es oscur). Acel cosa, sin duta, ia es nonevitable, no multe perilosa. Vidente ce la comutador es fisada, la person ta vade a via, per no disturba plu la otras. Lo ta basta ce me asconde pico.

Si no fuera por esa llave quizá me habría puesto a dormir, persuadido por la fatiga, por las muchas luces que veía apagarse en las rendijas de las puertas (¡y por la tranquilidad que me daba la presencia de la mujer cabezona en el cuarto de Faustine!). Preví que si alguien llegara a pasar por el corredor, entraría en mi cuarto, para apagar la luz (el resto del museo estaba a oscuras). Eso, tal vez, era inevitable; no muy peligroso. Al ver que la llave estaba atrancada, la persona se iría, para no molestar a los demás. Bastaba que me escondiera un poco.

Me ia pensa a tota esta cuando la testa de Dora ia apare. Sua regarda ia pasa sur me. El ia parti, sin atenta oscuri la lus.

Pensaba en todo esto cuando apareció la cabeza de Dora. Sus ojos pasaron por mí. Se fue, sin intentar apagar la luz.

Me ia resta con un teme cuasi convulsante. Me ia vade a parti e, ante ce me sorti, me ia visita la casa en mea imajina, xercante un asconderia secur. Lo ia es difisil ce me lasa acel sala cual permete vijila la porte de Faustine. Me ia senta en la leto e me ia dormi. A un momento a pos, me ia vide Faustine en un sonia: ela ia entra en la sala. Ela ia prosimi multe. Me ia velia. Lo no ia ave lus. Me ia atenta no move, comensa vide en la oscuria, ma la respira e la teme ia es noncontenable.

Quedé con miedo casi convulsivo. Estaba yéndome y antes de salir recorrí la casa, imaginativamente, en busca de un escondite seguro. Me costaba dejar ese cuarto que permitía la vigilancia de la puerta de Faustine. Me senté en la cama y me dormí. Un rato después vi en sueños a Faustine. Entró en el cuarto. Estuvo muy cerca. Me desperté. No había luz. Traté de no moverme, de empezar a ver en la oscuridad, pero la respiración y el espanto eran incontenibles.

Me ia leva, me ia ateni la coredor, me ia oia la silentia cual ia segue la tempesta: no cosa ia interompe lo.

Me levanté, llegué al corredor, oí el silencio que había sucedido a la tormenta: nada lo interrumpía.

Me ia comensa pasea tra la coredor, sensante ce un porte va abri subita e me va cade en la potia de alga manos brusca e de un vose sin emosia, burlante.

Empecé a caminar por el corredor, a sentir que inesperadamente se abriría una puerta y yo estaría en poder de unas manos bruscas y de una voz inamovible, burlona.

La mundo strana cual me ia preocupa a la dias ultima, mea suposas e mea ansias, Faustine, tota no ia ta es otra cosa ca pausas efemera asta la prison e la pendador.

El mundo extraño en que andaba preocupado en los últimos días, mis conjeturas y mis ansias, Faustine, no habrían sido más que efímeros trámites de la prisión y del patíbulo.

Me ia desende la scalera, tra la oscuria, cauta. Me ia ariva a un porte e ia vole abri lo; lo ia es nonposible; an me no ia pote move la manico de porte (me ia conose esta securadores cual fisa la manico; ma me no comprende la sistem de la fenetras: los ave no securador e la manicos ia es fisada). Me ia es convinseda par la nonposiblia de sorti, mea turbosia ia aumenta, e – cisa par causa de esta e de la nonpotentia en cual la fali de lus ia pone me – an la portes interna ia deveni nontraversable. Alga pasos en la scalera de servi ia urje me. Me no ia sabe como sorti de la sala. Me ia pasea sin fa ruido, gidada par un mur, asta alga de la calixes enormes de alabastro; con forsa e peril grande, me ia lisca me a en.

Bajé la escalera, por la oscuridad, cautelosamente. Llegué a una puerta y quise abrirla; fue imposible; ni siquiera pude mover el picaporte (conocía estas cerraduras que atrancan el picaporte; pero no comprendo el sistema de las ventanas: no tienen cerradura y los pasadores estaban atrancados). Iba convenciéndome de la imposibilidad de salir, aumentaba mis nervios y —tal vez por esto y por la impotencia en que me ponía la falta de luz— hasta las puertas interiores se volvían infranqueables. Unos pasos en la escalera de servicio me apresuraron mucho. No supe irme del cuarto. Caminé sin hacer ruido, guiado por una pared, hasta uno de los enormes cálices de alabastro; con esfuerzo y gran peligro, me deslicé adentro.

Me ia sta noncuieta, tra longa, contra la surfas liscosa de la alabastro e la frajilia de la bulbo de lus. Me ia demanda a me esce Faustine ia resta sola con Alec o esce un de los ia sorti con Dora, o ante ela o pos ela.

Estuve inquieto, largo tiempo, contra la superficie resbaladiza del alabastro y contra la fragilidad de la lámpara. Me pregunté si Faustine se habría quedado sola con Alec o si uno de ellos habría salido con Dora, o antes o después.

A esta matina me ia es veliada par la voses de un conversa (me ia es multe debil e multe dormosa per escuta). A pos, on ia oia no cosa.

Esta mañana me despertaron las voces de una conversación (yo estaba muy débil y muy dormido para escuchar). Después ya no se oía nada.

Me ia vole vade a via de la museo. Me ia comensa sta, temente ce me va lisca e destrui la lampa enorme, de do algun ta pote vide mea testa surje. Con multe lentia e difisilia, me ia desende de la vaso grande de alabastro. Espetante ce mea nervos reordina se pico, me ia refuja me pos la cortinas. Me ia es tan debil ce me no ia pote move los; los ia pare a me rijida e pesosa como la cortinas de petra cual on ave en alga tombas.

Quería estar afuera del museo. Empecé a erguirme, temeroso de resbalar y deshacer la enorme lamparilla, de que alguien viera surgir mi cabeza. Con mucha languidez, laboriosamente, bajé del jarrón de alabastro. Esperando que se ordenaran un poco mis nervios, me guarecí detrás de las cortinas. Estaba tan débil que no podía moverlas; me parecían rígidas y pesadas como las cortinas de piedra que hay en algunas tumbas.

Me ia imajina, con dole, panes refinada e otra comedas propre de la sivilia: en la comeria me va encontra los sin duta. Me ia ave desmaias lejera, anelas de rie; sin teme, me ia pasea asta la comensa de la scalera. La porte ia es abrida. On ia ave nun. Me ia pasa a la comeria con un noncautia cual orgulosi me. Me ia oia pasos. Me ia vole abri un porte per vade a estra e me ia encontra denova un de acel manicos de porte nonsedente. Tra la scalera de servi algun ia es desendente. Me ia core a la asede. Me ia pote vide, tra la porte abrida, un parte de un seja de palia e de alga gambas crusada. Me ia jira a dirije de la scalera xef; ance ala me ia oia pasos. On ia ave persones en la comeria. Me ia entra en la atrio, me ia vide un fenetra abrida e, cuasi a la mesma tempo, Irene e la fem ci, a la otra sera, ia parla de fantasmas, a un lado, e, a la otra, la joven con suprasiles pelosa, avente un libro abrida, paseante a me e resitante poesias franses.

Imaginé, dolorosamente, artificiosos panes y otras comidas propias de la civilización: en el antecomedor las encontraría sin duda. Tuve desmayos superficiales, ganas de reírme; sin miedo caminé hasta el zaguán de la escalera. La puerta estaba abierta. No había nadie. Pasé al antecomedor, con una temeridad que me enorgullecía. Oí pasos. Quise abrir una puerta que da afuera y volví a encontrarme con uno de esos picaportes inexorables. Por la escalera de servicio bajaba alguien. Corrí hacia la entrada. Pude ver, por la puerta abierta, parte de una silla de paja y de unas piernas cruzadas. Volví en dirección de la escalera principal; allí también oí pasos. Había gente en el comedor. Entré en el hall, vi una ventana abierta y, casi al mismo tiempo, a Irene y a la mujer que la otra tarde hablaba de fantasmas, por un lado, y por otro, al joven de ceño cargado de pelo con un libro abierto, caminando hacia mí y declamando poesías francesas.

Me ia pausa; me ia pasea, determinada, entre los; cuasi me ia toca los cuando me ia pasa. Me ia jeta me tra la fenetra e con la gambas doleda par la colpa (on ave cuasi tre metres de la fenetra a la sespe), me ia desende la foson corente, cadente a multe veses, sin nota esce algun regarda.

Me detuve; caminé, tieso, entre ellos; casi los toqué al pasar. Me arrojé por la ventana y con las piernas doloridas por el golpe (hay como tres metros desde la ventana hasta el césped), corrí barranca abajo, con muchas caídas, sin fijarme si alguien miraba.

Me ia prepara un comeda pico. Me ia devora con zelo, e pronto sin desiras.

Preparé un poco de comida. Devoré con entusiasmo y pronto, sin ganas.

Aora cuasi me no dole. Me es plu cuieta. Me pensa, an si esta pare asurda, ce cisa la persones de la museo an no ia vide me. Tota la dia ia pasa e nun ia veni per xerca me. Aseta tan bon fortuna fa teme.

Ahora casi no tengo dolores. Estoy más tranquilo. Pienso, aunque parezca absurdo, que tal vez no me hay an visto en el museo. Ha pasado todo el día y nadie ha venido a buscarme. Da miedo aceptar tanta suerte.

☛ Me teni un dato cual pote es usosa…

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Lo ia es automatada jenerada de la paje corespondente en la Vici de Elefen a 27 julio 2022 (10:59 UTC).